Preguntaron al Rabí Levi Itzjak de Berditchev, ¿cual es el camino
a elegir? – la pena o la alegría.
Contestó: “Hay dos clases de pena, y dos clases
de alegría, cuando una persona se aflige por una desgracia que le ocurrió
y se hecha a un rincón desesperada, ésta es una tristeza negativa,
porque está escrito que La Shejiná (Divina Providencia), no reside
dentro de la tristeza. La otra clase, es la tristeza directa de la persona,
que sabe y siente lo que le falta, e igualmente le sucede con respecto a la
alegría - porque quien es “falto de algo”, en su esencia,
y no lo percibe al estar en su estado de “falsa alegría”,
y no se preocupa por esto, es un tonto y un necio. Pero el que se alegra “de
verdad”, se parece a aquel, que su casa se incendió y lo siente
con intensidad, pero después comienza a construir su nueva casa, y su
corazón salta de alegría al ver avanzar la construcción”.
¿Entonces qué camino debemos de elegir?
La solución será entrelazar estas dos características en
el servicio de D-s, porque en cada una de ellas, podemos encontrar a nuestro
Señor.
Cuando la pena viene sola puede destruir al hombre y así
al ver llegar la alegría sola, es tonta.
Debemos endulzar la pena con alegría y no con un gozo ligero, sino con
una alegría que provenga de la pena.
Aquel que reconoce sus faltas, y lo agobia, tratará
decorregirlas. De esa manera la pena por lo que le falta, se convierte en una
fuente de incentivos que le ayudará a crecer nuevamente, sea personal
o comunitariamente.
Rabí Najman de Breslav, nos relata sobre el candelabro
de los defectos:
“Una persona abandonó a su padre, y deambuló por otros países
por largo tiempo, y después regresó a la casa paterna, vanagloriándose
y diciendo que aprendió un arte muy importante, cómo construir
un candelabro colgante.
Pidió a su padre reunir a todos los artesanos del lugar,
para mostrarles las habilidades que adquirió en su estadía en
el exterior. Así hizo su padre, y todos los artesanos vinieron a ver
las maravillas del hijo pródigo.
El hijo sacó a relucir el candelabro que construyó, pero no les
gustó para nada. El joven les pidió que le diesen su impresión
sobre el objeto, y ellos le dieron una opinión negativa sobre este.
Por su lado el hijo del cuento se auto alababa sobre sus facultades artísticas,
y su padre le repitió que a nadie le había gustado.
Le contestó el hijo: “Les haré ver mi grandeza
al mostrarles a todos los defectos, de cada uno de los artesanos aquí
reunidos - Porque cada uno indicó un defecto diferente del candelabro,
lo que era malo para uno era bueno para el otro, y viceversa. Construí
este candelabro - dijo el hijo - poniendo atención a toda clase de defectos,
para mostrarles que la perfección no existe, y que cada uno de nosotros
tenemos algo, que no complace a nuestro compañero, porque lo que es bueno
para uno, es malo para el otro. Pero en verdad yo puedo corregir esos defectos,
si pudiese alguien conocer todos los defectos e impedimentos existentes, conocerían
la esencia de cada cosa, aunque no lo hubiera visto nunca”.
De esto podemos aprender que no existe alegría y pena
que sean completas y que deberemos usar ambas, para seguir creciendo anímica
y espiritualmente”.