Rabí Meir fue el más grande de los tanaítas
de la cuarta generación, el más importante de los alumnos de Rabí
Akiva, pertenece al grupo de sus cinco últimos alumnos, nuestros maestros
del sur (Rabí Meir, Rabí Yehuda, Rabí Iosi, Rabí
Shimón y Rabí Eleazar) que “llenaron todo Israel de Torá”,
(Breshit Raba 61:3), después de los malos edictos romanos, de la rebelión
de Bar Kojva, que prohibieron su estudio y su observancia.
Estudió también con Rabí Ishmael. Uno
de sus maestros fue Elisha ben Abuya, conocido bajo el nombre “ajer”
(el otro), que también después de haber abandonado el camino de
la Torá, Rabí Meir siguió escuchando sus enseñanzas,
diciendo: “Una granada comió, la cáscara tiró y su
contenido ingirió”.
Por cuestiones de seguridad fue Rabí Iehuda ben Baba
quien lo ordenó como Rabino, junto a los otros cuatro estudiosos.
En la época de la persecución de los romanos,
al prohibirse la intercalación del año, lo enviaron a Asia a realizarlo
(Meguilá 18:2).
Después de la nefasta época romana, al regresar
la tranquilidad al país, se formó un consejo bajo la presidencia
de Raban Shimon ben Gamliel, Rabí Natan era el presidente del Sanhedrín
y Rabí Meir fue nombrado jajam (sabio) (Horaiot 13:2). Por una discusión
que irrumpió entre Rabí Natan y Rabí Meir y el presidente,
tuvo el segundo que abandonar su lugar y emigrar a Asia, pasando allí
sus últimos días.
Rabí Meir tuvo un papel importante en la recopilación
de la Mishná según la tradición “Stam Mishná
Rabí Meir” (una Mishná sin el nombre del que emitió
los conceptos), sabido es que pertenece a Rabí Meir (Sanhedrín
86:1).
Rabí Meir se destaco por su sagacidad e inteligencia
privilegiada, dijeron. “Todo el que ve a Rabí Meir en la casa de
estudios, es como si sacase las montañas de su lugar y moliese una con
otra”. (Sanhedrín 24:1).
Fue admirado por sus congéneres y por las generaciones
que le siguieron. Rabí Iosi ben Jalafta, su compañero, lo presentó
ante la gente de Tzipori diciendo: “Un gran hombre, un hombre santo, un
hombre modesto” (Ierushalaim Moed Katan (3:5) Resh-Lakish llamó
a Rabí Meir: “la boca santa”. (Sanhedrín 23:1).
En la última generación fue colocado en la misma
línea que Ezra, el escriba, Hilel y Raban Iojanan ben Zakai (Vaikra Raba
2:11).
A pesar de su grandeza, no ameritó que fuese fijada
la ley según su opinión, sobre eso se expresa Rabí Aja
bar Janina: Sabido es ante quien dijo: “el mundo fue creado tal que no
hay en la generación de Rabí Meir un sabio de su nivel”,
y ¿por qué no fijaron la ley como él? Porque sus compañeros
no podían precisar sus ideas, ya que sobre algo puro probaba que era
impuro por medio de ciento cincuenta argumentos (Eruvin 13:2).
Rabí Meir se destacó también en la Hagadá.
Era un gran orador y querido por todas las capas sociales. Su discurso lo dividía
en tres partes: Halajá (ley), Hagadá (leyenda) y fábulas,
dijeron los sabios. Al morir Rabí Meir desaparecieron los fabulistas
(fin de Sota).
Rabí Meir era un escriba. Escribía “rollos
de Torá y “megilot”, se destacó en su trabajo, especializándose
en la caligrafía, para lo cual él mismo preparaba la tinta.
Conocía las sagradas escrituras de memoria y, una vez, a falta de texto,
escribió el rollo de Esther de memoria (Meguilá 18:2).
Sobre su origen y su familia no tenemos conocimientos, lo contrario
a sus otros compañeros alumnos de Rabí Akiva, que fueron siempre
mencionados con el nombre de su padre. Rabí Meir no fue llamado nunca
con el nombre de su padre y nuestras fuentes no lo mencionan.
Según una opinión, su nombre era Rabí Nehoray y su sobrenombre
era Meir porque alumbraba (Meir) los ojos de los sabios con sus explicaciones.
Su mujer se llamaba Beruriá, la hija del Tana Rabí
Janina ben Teradión, que era famosa por sus conocimientos de Torá,
su sabiduría y buenas acciones. Tuvo dos hijos que murieron a temprana
edad, como nos relatan nuestros sabios.
Rabí Meir estaba en la casa de estudios un día
sábado, a la hora de la oración de la tarde. Fue entonces cuando
murieron sus dos hijos. Beruriá, su madre, los acostó en la cama
y los tapó con una cobija.
Al terminar el sábado, Rabí Meir regresó del Bet Hamidrash
(casa de estudios) y preguntó a su mujer: “¿Dónde
están los dos niños?” Ella contestó: “Fueron
al Bet Hamidrash”. Él replicó: “Los estuve esperando
en el Bet Hamidrash, pero no los he visto”.
Ella le ofreció comida a su esposo. Rabí Meir volvió a
preguntar: “¿Dónde están los dos niños?”,
y ella contestó: “A veces van a tal lugar, pero pronto regresarán”.
Beruriá ofreció comida a su esposo. Cuando había dicho
la bendición de después de la comida, ella le dijo: “Rabí,
tengo que hacerte una pregunta”.
-Habla
-Rabí, hace mucho tiempo vino un hombre y me confió un depósito.
Ahora ha vuelto. ¿Tenemos que devolverle su depósito o no?
-Hija mía, el que recibe un depósito está obligado a devolvérselo
a su dueño.
-Yo no lo hubiera devuelto, sin habértelo dicho antes.
Entonces tomó a su esposo por la mano, lo hizo subir
a la recámara, se acercó a la cama, y quitó la cobija que
estaba extendida sobre sus dos hijos. Al verlos, Rabí Meir comenzó
a llorar y a lamentarse. Beruriá le dijo: “Dios nos los había
confiado por cierto tiempo; ahora su dueño los ha vuelto a pedir, ¡qué
su nombre sea bendecido!”. En esta forma, su mujer consoló a Rabí
Meir (Midrash Mishle 28).
Por sobre todo, colocó, Rabí Meir, el estudio
de la Torá al más alto nivel, porque es ella quien educa a la
persona, afina su espíritu y da forma a su manera y comportamiento. Y
así se expresa en Pirke-Avot Cap. 6:2.
Rabí Meir dice: “Todo aquel que se ocupa de la Torá por
la Torá misma, se hace merecedor de muchas cosas, y no sólo ello,
sino que el universo entero justifica su existencia por él. Es llamado
amigo, amado, que ama al Omnipresente, ama a las criaturas, es revestido de
humildad y reverencia, lo prepara para ser justo, piadoso, recto y fiel, lo
aleja del pecado y es acercado al mérito, es posible recibir de él,
consejo, criterio, intuición y fortaleza, pues fue dicho: “Mío
es el consejo y el criterio, intuición soy, mía es la fortaleza”.
(Mishle 8:14), le es otorgado el reinado, el dominio y el escrutinio de la Torá,
le son revelados secretos de la Torá, se hace como un manantial que fluye
sin cesar y como río, que no aminora su curso, tiene recato y paciencia,
perdona las ofensas y lo engrandece y eleva por sobre todas sus hechuras”.
Como el ocuparse de la Torá es lo más importante,
Rabí Meir nos apremia a estudiar, y nos previene de no desatender el
estudio: “Sé parco en ocupaciones mundanas y dedícate a
la Torá, sé humilde ante todas las personas. Si desatiendes la
Torá, tendrás muchos obstáculos opuestos a ti; pero si
te ocupas de la Torá, hay una gran recompensa para serte otorgada”.
(Pirkei-Avot 4:10).
Rabí Dostay en nombre de Rabí Meir dice: “Todo aquel que
olvida una palabra de lo que aprendió, la escritura le considera como
si hubiera perdido su alma”. (Pirke-Avot 3:8).
No sólo estudiar debe la persona, sino también
enseñarla a otro, y el que estudia Torá y no la enseña
es considerado: “Que desprecia el verbo de HaShem” (Sanhedrín
99:1).
Cuán odiada es la ignorancia, porque si no hay Torá,
no hay educación y respeto, y los ignorantes actúan groseramente,
sin pena y vergüenza. Por eso todo el que casa a su hija con un ignorante,
es como si la atase y la colocase frente a un león (Pesajim 49:2).
Junto a su gran amor por el estudio de la Torá, nos
aconseja no dejar el trabajo a un lado, y así enseña en el Tratado
de Kidushin 82:a.
Rabí Meir dice: “debemos enseñar a nuestro
hijo un oficio digno, y luego rogar a Aquel que posee la riqueza, pues todos
los oficios pueden conseguir que el obrero siga siendo pobre o bien que se enriquezca;
ni la pobreza ni la riqueza dependen del oficio, todo depende del mérito
del obrero”… Pero agrega: Rabí Nehoray dice: “dejo
de lado todos los oficios del mundo, y sólo enseño a mis hijos
la Torá, ciencia cuyos frutos se comen en este mundo, pero cuyo capital
queda íntegro para el mundo futuro”.
Todas las cualidades que enumeró Rabí Meir en
la persona que se ocupara de la Torá por la Torá misma se cristalizaron
en él. Era amigo, amado, amó al Omnipresente y amó a las
criaturas. Su gran amor por las personas sale a relucir en la siguiente fuente
talmúdica:
“Rabí Meir acostumbraba dar una clase, todos los viernes a la noche
en la sinagoga de Jamta. Una mujer solía participar, viernes tras viernes,
para escuchar las sabias palabras del Rabí. Una vez el Rabí tardó
más de la cuenta y la señora regresó a su casa cuando la
vela estaba ya apagada.
No entrarás a mi casa (dijo el esposo) hasta que vayas
y escupas en la cara del Rabí.
Cuando Rabí Meir tuvo conocimiento del asunto, le pidió que escupiera
en su ojo para sacarle el “ain hara” (mal de ojo), y que lo repita
siete veces consecutivas. Cuando lo hizo, le dijo el Rabí: Ve y dile
a tu marido: “Tú me dijiste escupir una vez y yo lo hice siete”.
(Ierushalmi Sota 1:4).
Como amaba a las personas no escatimaba esfuerzos para hacer las paces entre
el hombre y su prójimo. (Gitin 52:1). Amaba tanto a judíos como
gentiles, malos y buenos, porque el santo bendito ama a todas las criaturas.
Su amor por Eretz Israel no tenía límites, proclamaba:
“Toda clases de plantas crecen en Eretz Israel, y no falta nada en Eretz
Israel” (Berajot 36:2).
“Las piedras de Eretz Israel todas son santas”
(Kidushin 54:1). Un gran mérito es habitar en Eretz Israel, grande fue
su pena cuando tuvo que emigrar a Asia, decía todo aquel que habita en
Eretz Israel, la tierra expía sus pecados (Sifri Haazinu).
Antes de su muerte ordenó subir sus restos a Eretz Israel,
y hasta el momento de hacerlo habrían de colocarlo a la orilla del mar
de Eretz Israel, para que sus aguas tocaran su ataúd (Ierushalmi, Kilayim
9:3).
A pesar de su grandeza, era muy humilde y predicaba a adquirir esta cualidad:
“sé humilde ante todas las personas” (Avot 4:10). Cuando
discutía con sus condiscípulos a nivel de “Halajá”
(ley) decía: “Nunca me dio mi corazón por desentenderme
de las palabras de mis compañeros” (Shabat 134:1). Se levantaba
en honor a un anciano, por ignorante que fuera (Ierushalmi Bicurim 3:3).
Como Rabí Akiva, su maestro, recibía todo evento
por malo que sea, con amor y solía decir: “Todo lo que hace el
misericordioso es para bien” (Berajot 60:2).
Solía decir Rabí Meir: “Estudia con todo
el corazón y con toda el alma, para conocer mis caminos y estar atento
a las puertas de la Torá. Guarda mi Torá en tu corazón,
y que mi temor esté ante tus ojos. Aparta tu boca del pecado y purifícate
y santifícate de tus culpas y las violaciones y estaré contigo
en todas partes”. (Berajot 17:1).
En este pensamiento, hablando en nombre de HaShem, nos transmite
Rabí Meir un modelo de conducta para cada hijo de la nación hebrea.