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Wednesday, May 22, 2013                   
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Versión en Hebreo
“El Beith Hajaim”

La Casa de la Vida en la Concepción Judaíca

La tradición judía aprecia la vida. La Torá fue entregada a Israel para que “vosotros viváis” por sus enseñazas y no para “qué muráis por ellas”. La muerte no posee ninguna virtud ya que “No son los muertos lo que alabarán al Señor…” (Salmos 115:117)

Sin embargo, la tradición judía fue realista respecto a la muerte.
“Ya que polvo eres y al polvo volverás” (Génesis 3:19)
“Y el espíritu retorne al D-s que lo dio” (Eclesiastés 12:7)
“El fin del hombre es la muerte”, dice Rabí Yonatán (Berajot 17ª)

Dicho simplemente todos debemos de morir.

En sí, la muerte no es una tragedia. Lo que denominamos una “muerte trágica” está determinada por la naturaleza prematura de la muerte, o por las circunstancias desafortunadas que la rodearon. Cuando una muerte pacífica sigue a una larga vida bendecida con buena salud y vitalidad des espíritu y del cuerpo, una vida rica en buenas obras, la muerte no puede considerarse como trágica – a pesar de lo inmenso de la pérdida y del pesar que ella produzca. “Bendito es aquel que ha sido criado en la Torá y cuyas acciones están basadas en la Torá, y que actúa de manera de agraciar a su Creador, que creció con un buen nombre y partió con un buen nombre”. Al respecto, Salomón dijo: “Mejor es el buen nombre que el buen ungüento; y mejor el día de la muerte que el día del nacimiento” (Eclesiatés 7:1) (Berajot 17ª)

El mundo en que vivimos es considerado como un pasillo que conduce a otro mundo.

La creencia en otra vida, en el mundo por venir (Olam Haba) donde el hombre es juzgado y donde su alma continúa floreciendo, está arraigada en el pensamiento hebreo. “Todo Israel tiene participación en el mundo por venir” (Mishná Sanhedrín 11:1)

Las leyes y prácticas religiosas judías que se refieren a la muerte y al duelo, se basan en dos principios fundamentales:

*El honor y el respeto debido, incluso a un ser humano sin vida (kibud hamet)

*La preocupación por el auxilio mental, emocional y espiritual a las personas en duelo y la necesidad de consolarles (ni jum avelim)

El entierro debe realizarse lo más pronto posible después de acaecida la muerte.

Dilatar el entierro más allá de las veinticuatro horas está permitido solamente para el honor del muerto, en casos tales como la espera de la llegada de parientes próximos procedentes de lugares lejanos, o si se trata de un Shabat o una festividad. (Tosefta Sanhedrín 46)


Períodos de duelo

La ley judía considera tres períodos sucesivos de duelo después del entierro, cada uno de los cuales es observado progresivamente con menor intensidad. El primer período se denomina “Shivá”, que significa “siete” y se refiere al período de duelo severo de siete días que sigue al entierro.

El segundo período se denomina “Shloshim”, que significa “treinta” y se refiere al período que se extiende desde el fin de la “Shivá” hasta el trigésimo día después del entierro.

El tercer período, que es observado se conoce como avelut (duelo). Concluye al fin de doce meses (hebreos) después del día de fallecimiento. Los hijos deben recitar diariamente el Kadish durante once meses.

Un hijo tiene el deber de recitar la plegaria de Kadish en los servicios religiosos diarios a partir de entierro y por un período de once meses.

Para recitar el Kadish se requiere un “Minyan”, un quórum de adultos judíos varones. No se dice Kadish cuando se reza solo.

El Kadish se recita de pie, en posición de atención y respecto. Técnicamente el Kadish no es una plegaria por el muerto. Existen plegarias especiales para los muertos tales como “El Malé Rajaim” e “Izkor”, pero el Kadish no pertenece a esta categoría. No hace ninguna referencia al muerto o al duelo. Es una doxología, una oración de alabanza a D-s. Es una declaración de profunda fe en la grandeza exaltada del Todopoderoso y un pedido de redención y salvación final.

La palabra Kadish significa “Santo” y es similar a la palabra Kidush, que es la oración de santificación para el Shabat y las festividades.


Erección de una lápida

Es una antigua costumbre entre los judíos, que se remonta a la época de los Patriarcas, la de erigir una lápida a la cabecera de la tumba, como un acto de reverencia y respeto a la persona fallecida, de modo que no sea olvidad y que su lugar de descanso definitivo no sea profanado.

Es importante distinguir entre el requisito de erigir una lápida y el descubrimiento de la lápida acompañado por un servicio y un ritual especial. El servicio de descubrimiento no tiene ningún fundamento en la ley judía o en las exigencias de la “halajá” y constituye una innovación contemporánea. Aunque ese servicio proporciona una ocasión para rendir un tributo adicional, ninguna familia debe sentirse obligada desde el punto de vista religioso a realizar un servicio formal de descubrimiento de una lápida. Es suficiente erigir una lápida adecuada y visitar la tumba en forma privada.

Costumbres:

Al visitarse un cementerio deben observarse las siguientes costumbres:

*Concurrir con la cabeza cubierta.

*La costumbre de lavarse las manos al salir del cementerio, según la Cábala, es para purificación, y no secarlas en esta ocasión, implica no olvidar inmediatamente a los fallecidos.

*Colocar una pequeña piedra encima del monumento, es una señal de que la tumba ha sido visitada.


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